Al
leer un letrero del bosque epígrafe, se toma conciencia de que
en San Pedro Mártir, parque nacional protegido a salvo de la
explotación forestal, los árboles también se caen,
pero de viejos, y sus restos son el refugio ideal para al existencia
de muchos otros seres y parte de un paisaje que vale la pena admirar.
Resulta agradable
descubrir que a 100 kilómetros de Ensenada, por caprichos de
la naturaleza, es posible encontrar un imponente macizo que alcanza
en su cumbre más alta, el Picacho del Diablo, una altura de 3000
metros.
En
las inmediaciones del bosque, entre cañadas y desfiladeros, crecen
cipreses, pinos y alamillos; aquí se pasean como Pedro por su
casa, el borrego cimarrón y el venado cola nedra; tienen su hogar
numerosas especies de aves y murciélagos; y en las aguas cristalinas
de los arroyos se pueden habllar la famosa trucha arcoiris. Esto que
vemos no es un milagro, se debe en gran medida a que la sierra de San
Pedro Mártir es un espacio protegido, alejado de los grandes
centros urbanos.